Cincuenta años, Cortázar y esas extrañas criaturas

Qué maravillosa ocupación cortarle la pata a una araña, ponerla en un sobre, escribir Señor Ministro de Relaciones Exteriores, agregar la dirección, bajar a saltos la escalera, despachar la carta en el correo de la esquina. Qué maravillosa ocupación ir andando por el bulevar Arago contando los árboles, y cada cinco castaños detenerse un momento sobre un solo pie y esperar que alguien mire, y entonces soltar un grito seco y breve, girar como una peonza, con los brazos bien abiertos, idéntico al ave cakuy que se duele en los árboles del norte argentino. Qué maravillosa ocupación entrar en un café y pedir azúcar, otra vez azúcar, tres o cuatro veces azúcar, e ir formando un montón en el centro de la mesa, mientras crece la ira en los mostradores y debajo de los delantales blancos, y exactamente en medio del montón de azúcar escupir suavemente, y seguir el descenso del pequeño glaciar de saliva, oír el ruido de piedras rotas que lo acompaña y que nace en las gargantas contraídas de cinco parroquianos y del patrón, hombre honesto a sus horas. Qué maravillosa ocupación tomar el ómnibus, bajarse delante del Ministerio, abrirse paso a golpes de sobres con sellos, dejar atrás al último secretario y entrar, firme y serio, en el gran despacho de espejos, exactamente en el momento en que un ujier vestido de azul entrega al Ministro una carta, y verlo abrir el sobre con una plegadera de origen histórico, meter dos dedos delicados y retirar la pata de araña, quedarse mirándola, y entonces imitar el zumbido de una mosca y ver cómo el Ministro palidece, quiere tirar la pata pero no puede, está atrapado por la pata, y darle la espalda y salir, silbando, anunciando en los pasillos la renuncia del Ministro, y saber que al día siguiente entrarán las tropas enemigas y todo se irá al diablo y será un jueves de un mes impar de un año bisiesto.

A propósito de los primeros cincuenta años de Historias de Cronopios y de Famas. Por Julio Cortázar, Bruselas 1914 – París 1984.

Orfandad


A y yo escuchábamos esas músicas a finales de los ochentas o en el principio de los noventas, en su casa de la calle Infanta, frente a la parada de la 65.
Aunque antes, otro amigo, me presentó Pescado Rabioso.
13 y 8 no era sólo la intersección de dos calles en El Vedado. Era también un punto de encuentro, de cantar, de tomar ese ron barato y malísimo, pero el único, de compartir las nuevas canciones que mucho le debían al Flaco. Algunos reconocían públicamente esa influencia, otros no. Pero estoy casi segura que las canciones de Spinetta fueron inspiración para los que en esa esquina hacían de una reunión, un pretexto para disentir.
De esas influencias salió «Café Paola» o «Quito, septiembre«.
Y parece difícil de explicar que a esta hora, cuando Luis Alberto Spinetta no está más por aquí, haya cubanos que se sintieron hijos de su música y hoy han quedado huérfanos.

Plat du jour (continuación con papalote)

Kite

El viento del parque trajo niños y un papalote. El espacio de los perros está cerrado ahora, porque están haciendo algunos arreglos. No sé por qué están componiendo un lugar que estaba de lo más bien. Lo cierto es que había unas personas poniendo esas tiras de césped y tierra, hechas en vivero. Y en lugar de perros un inmenso camión.
En la segunda vuelta los niños y su papá ya tenían el papalote listo. Hablaban fuerte y se reían, sosteniendo la armazón, unos; el hilo, otros; aquel de más allá, el carretel. Contentos por su hermoso papalote. Con el rabo del ojo y casi de espaldas vi cómo empezaba a subir. Estaba segura que cuando volviera a pasar, el aire estaría jugando con las guías, mientras abajo lo gobernaba, elegante, el niño del carretel.
Vuelta tres: milla y media más mirando el cielo. El atardecer ventoso y sin no see ums, aupa la madera, el papel y el hilo en un vuelo perfecto. Los niños y su papá corren por el pradito, eufóricos.
Cerca, el señor del tabaco y sus dos perros.
Desato a Susie, cuando empieza a sonar Drexler.

Hermana duda – Desvelo. Por Jorge Drexler. 12 segundos de oscuridad, 2006.

Manhattanhenge

Dos días en Manhattan. Dos días que seguro no aparecen en las guías para turistas. Ni siquiera en esa que se separa en pequeños libros, según el rumbo que lleven los pies. Uno es en mayo, el otro en julio y el eje este-oeste que atraviesa Manhattan, se inclina en un ángulo de 29 grados.
La cuadrícula de las calles, cuando se va el día, se alinea con el sol. Desde todas las calles pares puede verse la puesta, sin que ningún edificio se interponga. Es el momento mágico, que a pesar de tanto cemento y vidrio, se repite esos dos días, cada año.
La gente sigue apurada, indiferente al espectáculo. Hasta que un silbido, de esos que se hacen con los dos dedos en la boca, hace levantar la cabeza. Y ahí está, el esplendor de la naturaleza que regala y regala, sin pedir nada a cambio.
El sol, en colorado, encandila los ojos, que sin embargo persisten en mantener fija la mirada a lo largo de la 42nd St.