El camino

En el asiento trasero del auto tengo una mejor visión de lo que ocurre dentro y fuera de él. Veo que en la curva de salida a la ruta hay una bifurcación que está obstruida ahora mismo por un camión de La Serenísima. Y como está tapada la señalización que indica Buenos Aires 47, ella, que maneja el auto, toma la otra, la que vuelve al punto de partida.
Me cubro la cara con las manos y no me quejo, aunque mi cabeza asegura que no hay forma de arreglar la necedad y la resistencia de algunas personas a ilustrarse con un mapa, por ejemplo, antes de salir a un road trip.
Desde mi posición privilegiada me doy cuenta de su gesto de soberbia que se refleja en el espejo retrovisor y casi escucho sus pensamientos: «¿a quién se le ocurre bifurcar justo cuando pasa la cisterna de leche?» La sorprendo y le digo, «no es culpa de nadie, está todo bien.» Y entonces es que me grita, me insulta, abre la puerta y me lanza justo cuando un río blanco que sale a chorros del depósito volcado inunda el asfalto, me arrastra y corre, corre, corre…

Kинó

El cine de mi barrio se llamaba Martha, así con hache intermedia.
En las matinés pasaban películas de un samurai viejo y ciego que te obligaban a estar atento; la sangre podía llegar a salpicar tu ropa en esas funciones de artes marciales y armas afiladas.
Por las noches las películas aptas para mayores de trece años subían el promedio de edad de los asistentes y veías las parejitas en su primera salida importante.
Porque te cuento que cuando un chico invitaba al cine a su amiga, había algo distinto ahí. Era un código. Y si en plan de confidencias alguien te preguntaba, «¿te llevó al cine?», no podías ocultar tu alegría al decir que sí, que por fin tenías novio y que el pacto de amor había sido firmado bajo la luz del viejo proyector del Martha.
El sábado último sentada en la butaca del cine, miraba a mi amigo comer sus pochoclos, casi en el mismo momento en que la grúa del Sistema de Tránsito Ordenado se llevaba su auto al corralón de Figueroa Alcorta.