Un recuerdo

Belleville era sólo parte del nombre de una película antes de que mis pies pisaran durante veintidós días las callecitas que van desde la Rue Mélingue, en lo de Dominique, hasta la Rue Piat, donde vivíamos, bajando por Rue de Belleville, que luego se convierte en Rue du Faubourg du Temple, hasta la Place de la République. En medio, la estación Pyrénées de la línea marrón del metro de París.
Esa parte de la ciudad era el punto de partida y de llegada de nuestros largos paseos a pie. Caminé por ahí con sol, lluvia, frío, nunca con calor y miré cada negocio, cada cartel, las buhardillas, la esquina del Franprix y la intersección con el Boulevard de Belleville que lleva a Pére Lachaise.
Tengo muy frescas esas imágenes aún. Y una sensación tibia de compañía que no abruma y que a casi un año de esos días se acerca a algo parecido a una certeza.

El camino

En el asiento trasero del auto tengo una mejor visión de lo que ocurre dentro y fuera de él. Veo que en la curva de salida a la ruta hay una bifurcación que está obstruida ahora mismo por un camión de La Serenísima. Y como está tapada la señalización que indica Buenos Aires 47, ella, que maneja el auto, toma la otra, la que vuelve al punto de partida.
Me cubro la cara con las manos y no me quejo, aunque mi cabeza asegura que no hay forma de arreglar la necedad y la resistencia de algunas personas a ilustrarse con un mapa, por ejemplo, antes de salir a un road trip.
Desde mi posición privilegiada me doy cuenta de su gesto de soberbia que se refleja en el espejo retrovisor y casi escucho sus pensamientos: «¿a quién se le ocurre bifurcar justo cuando pasa la cisterna de leche?» La sorprendo y le digo, «no es culpa de nadie, está todo bien.» Y entonces es que me grita, me insulta, abre la puerta y me lanza justo cuando un río blanco que sale a chorros del depósito volcado inunda el asfalto, me arrastra y corre, corre, corre…