Parte de guerra

Muchacha

No se puede matar a una muchacha
y acomodarse luego en los abismos de la vida ordenada
para vivir impune frente al vértigo de su último aroma,
de una cita larga, obstinadamente imaginada.
Aunque su muerte diera la alegría a los seres perfectos
y al pie de su recuerdo, el homicida
los más turbios secretos recabara:
no se puede matar a una muchacha
que florece en los sitios despoblados de una última tregua
y en deuda con su luz
fomenta el caos
abierto el corazón. Como aguardando.

Marilyn Bobes. La Habana, 1955.

De Checoslovaquia con amor

¿Cuánto nos llega a influir un libro o una película? ¿Y una canción, una foto, un óleo de gran formato? Después de la familia y los maestros, pienso que cualquier manifestación artística a la que nos acercamos deja una huella importante en la personalidad de cada uno.
Los libros de Milan Kundera fueron compañía obligada durante un tiempo, aún cuando llegar a uno de ellos, en la isla, era una suerte de malabarismo para burlar las prohibiciones oficiales. Y no lo incluyo a Kafka, como parte de la lista, porque escribía en alemán y estoy convencida de que su nacimiento y vida en Praga fue una casualidad.
Pero quiero ir al punto principal: el día que vi Hair, en la salita de video club que estaba en la esquina de las calles 23 y M, en La Habana, marcó un antes y un después de mi manera de ver el cine.
Milos Forman ya había entrado en mi universo con One Flew Over the Cuckoo’s Nest, la película que le dio su primer Oscar y no imaginaba yo lo que este señor amasaba en su mesa de creador.
¿Qué se puede expresar cuándo hablamos de Ragtime, Amadeus, Valmont, The people vs Larry Flint? Se me ocurre, por ejemplo, que esta secuencia de Amadeus, resume el espíritu de la historia apócrifa del genio y su sombra, gracias a la mano de Forman.

Amadeus de Miloš Forman, 1984.

Afortunadamente MK y MF, andan por ahí, compartiendo con nosotros el mismo lifetime.

Pide un deseo

Yo sé que hubo cosas no dichas. Algunas de ellas no me dejan dormir, aún hoy después de tantos años.
Sé también que eres feliz. Esa certeza me llevó a Gerardo y su canción. Y a los recuerdos, que por suerte nos salvan de no volver a meter la pata.
Puedo decirte que nunca he vuelto a sentir el amable dolor de aquel día de agosto del ’82, en el aeropuerto de La Habana. Puedo decirte que las primeras veces no se olvidan.

Quisiera por Gerardo Alfonso. Sábanas blancas, 1995.