Un sueño

Es tal y como lo ví en las fotos. Entro y lo primero que veo son los libros en las cajas de vino de madera y con manija. Los tambores están como apoyados en la improvisada biblioteca, pero también sobre el piso. Reconozco libros que tengo. El palo de lluvia de Tepoztlan es grande al lado del que llevé de regalo, traído desde Valparaíso.
En el centro del living un viejo baúl sirve de apoyo a más libros, el mate y la pava.
Me abraza, aún con tímidez, sin poder creerlo.
Cuando logro zafar de su cuerpo voy caminando hacia la puerta de salida al pequeño patio. Ahí estaba la mesa de venecitas, la misma que tantas veces imaginé junto a la pequeña huerta, el frasco de protector solar y el perro durmiendo acurrucado en el suelo, a la sombra.
Todo es tal cual lo ví en las fotos. Como la mirada con la que ahora intenta explicar que me esperaba.

El viento en la isla

El viento es un caballo:
óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.
Quiere llevarme: escucha
cómo recorre el mundo
para llevarme lejos.
Escóndeme en tus brazos
por esta noche sola,
mientras la lluvia rompe
contra el mar y la tierra
su boca innumerable.
Escucha como el viento
me llama galopando
para llevarme lejos.
Con tu frente en mi frente,
con tu boca en mi boca,
atados nuestros cuerpos
al amor que nos quema,
deja que el viento pase
sin que pueda llevarme.
Deja que el viento corra
coronado de espuma,
que me llame y me busque
galopando en la sombra,
mientras yo, sumergido
bajo tus grandes ojos,
por esta noche sola
descansaré, amor mío.

Pablo Neruda. 1904 -1973.

Entre el cielo y el mar

Hay una linda utopía que acaricio desde hace años. Tiene que ver con una proclividad a la vagancia. Pero vista desde un mejor lugar. Vagancia de vagar y no de ser vago, en el contexto arbitrario y exigente de que siempre tenemos que estar ocupados en algo.
Se me antoja tiempo para mí. Justo eso es lo que busco. Encontrar la manera de ganarme los frijoles con algún trabajo que remunere lo necesario. Sé que habrá que resignar ciertos lujos y comodidades, aunque también sé que puedo soltar lastre, entre otras cosas porque no llevo mucho puesto. Hacer una huerta, escribir, trabajar cuatro o cinco horas como mucho por día, comer con frugalidad, poco gasto y correr o nadar cada día al menos una hora. Muchas risas, música, lecturas, películas en casa y fotos. Ayudar. Compartir ese espacio-tiempo con gente querida; mi hija, amigos y un compañero. Un compañero sensible, limpio, que me quiera y a quien pueda querer de la forma en que mejor se puede querer: comprometidos con el edificio delicado e infinito del amor.
Lo veo ahora escrito en la hoja en blanco y no me parece tan descabellada la idea. Es una utopía posible. El mar podría ser un buen aliado.
Veremos. Una amiga diría, «lo que se desea se cumple». De desear estamos hechos.