
Hay una linda utopía que acaricio desde hace años. Tiene que ver con una proclividad a la vagancia. Pero vista desde un mejor lugar. Vagancia de vagar y no de ser vago, en el contexto arbitrario y exigente de que siempre tenemos que estar ocupados en algo.
Se me antoja tiempo para mí. Justo eso es lo que busco. Encontrar la manera de ganarme los frijoles con algún trabajo que remunere lo necesario. Sé que habrá que resignar ciertos lujos y comodidades, aunque también sé que puedo soltar lastre, entre otras cosas porque no llevo mucho puesto. Hacer una huerta, escribir, trabajar cuatro o cinco horas como mucho por día, comer con frugalidad, poco gasto y correr o nadar cada día al menos una hora. Muchas risas, música, lecturas, películas en casa y fotos. Ayudar. Compartir ese espacio-tiempo con gente querida; mi hija, amigos y un compañero. Un compañero sensible, limpio, que me quiera y a quien pueda querer de la forma en que mejor se puede querer: comprometidos con el edificio delicado e infinito del amor.
Lo veo ahora escrito en la hoja en blanco y no me parece tan descabellada la idea. Es una utopía posible. El mar podría ser un buen aliado.
Veremos. Una amiga diría, «lo que se desea se cumple». De desear estamos hechos.