Reir

La pregunta fue hecha en el Central Park. ¿Qué es lo que más le gusta a una mujer de un hombre? En la tarde fría, después de una intensa nevada del febrero niuyorquino, no es una pregunta tan fuera de lugar. ¿O sí?
La respuesta: lo que más le gusta a una mujer de un hombre es que la haga reir.
Y aunque yo no estaba, no escuché las voces, ni ví la nieve, unos minutos antes de desembarcar en el Metropolitan Museum, suscribo esa respuesta como si fuera mía.

Nacido en 1941

Mi padre cumpliría setenta años, como él. Él y mi padre. No puedo decir que andan en el mismo escalón de la escalera de recuerdos, porque mentiría. Pero también mentiría si dijera que no me importa que hoy cumple la misma edad que mi padre cumpliría.
Dylan me acompaña hace tanto que ya perdí la cuenta. Me veo escuchando cassettes recontra grabados con los discos que se podían conseguir, en los años luminosos y tristes del preuniversitario. Me veo (¿claramente?) hurgando en bateas de casas de discos, buscando la música que revoloteaba en esos CD’s. Los de Dylan.
Aquí está; con sus flamantes años, anciano; aún está.
Y la verdad es que me da gusto. El mismo que me daría si pudiera, en el próximo agosto decirle a mi padre, «felicidades».

If not for you por Dylan & Harrison

Las fotos de Vivian

Tú sabes lo que se puede encontrar en un Mercado de Pulgas. Te gusta revolver en esos depósitos de dudoso orden y encontrar baúles viejos, cortinas en desuso, mesas pequeñas y medio destartaladas. Podrías haber sido tú el que encontrara esos negativos, así, como por casualidad. Los mismos que John Maloof compró sin tener la más pálida idea de qué iban esas fotos ni quién las había tomado. Luego, cuando el revelado hizo lo suyo y las imágenes aparecieron, gracias a la magia que tiene ese maravilloso proceso anterior a la era digital, Maloof se convirtió en el dueño de una mina de oro.
Fotos de gente, en Chicago, en New York. Fotos tomadas durante 30 años por una mujer anónima, que ni siquiera tuvo la curiosidad de ver lo que había quedado guardado en el paquete de películas usadas.
Pienso en Vivian Maier e imagino una persona ordinaria, que llevaba consigo una cámara y asomaba el ojo al visor sólo por el placer del registro. Y me gusta lo que imagino porque sus fotos me dicen mucho más de su sensibilidad y la oportunidad con la que captó ciertos momentos, ciertas miradas de niños, ciertos rincones.
Aquí, el testimonio hasta hace poco escondido; un tesoro que el azar ayudó a descubrir.

Digresión

El aroma de los plátanos fruta lleva el recuerdo a la mesa del comedor que ocupábamos durante todas las comidas del día. La mesa del comedor de la cocina.
No puedo olvidar el silencio de mi abuelo, desayunando. No puedo olvidar el silencio de mi abuela, cocinando.
Y ese aroma que invadía en la media mañana, cuando suplantaba al del café recién colado en la cafetera de hierro y colador de tela, no se por qué, también me lo recuerda esta canción.
No me preguntes la razón. Hay cosas que no tienen explicación. Como el amor.
¿Te preguntaste por qué amas a alguien? ¿Respondiste con honestidad a esa pregunta? Porque casi siempre la respuesta es injusta, es pálida, es chiquita. No tiene respuesta esa pregunta.
Como tampoco tiene sentido que esta canción sea un volver, siempre un volver. A esa calle, a ese portal, al sol cayendo sobre los sillones vacíos.

Calling you por Jeff Buckley.

Una habitación con una ventana

No hacen falta demasiadas cosas en la vida pero sí una habitación con una ventana; una habitación que sea de uno y con una puerta a la que en caso necesario se le pueda añadir un pestillo o echar la llave, como dice Virginia Woolf; una habitación con una ventana por la que entre algo de luz natural y desde la cual se pueda observar un fragmento de vida y un ingreso decente que le conceda a uno el sosiego necesario para sus indolencias o para sus tareas sin beneficio asegurado.

Tomado de Habitaciones con ventanas.

Otro regalo de viernes