Plat du jour (continuación con papalote)

Kite

El viento del parque trajo niños y un papalote. El espacio de los perros está cerrado ahora, porque están haciendo algunos arreglos. No sé por qué están componiendo un lugar que estaba de lo más bien. Lo cierto es que había unas personas poniendo esas tiras de césped y tierra, hechas en vivero. Y en lugar de perros un inmenso camión.
En la segunda vuelta los niños y su papá ya tenían el papalote listo. Hablaban fuerte y se reían, sosteniendo la armazón, unos; el hilo, otros; aquel de más allá, el carretel. Contentos por su hermoso papalote. Con el rabo del ojo y casi de espaldas vi cómo empezaba a subir. Estaba segura que cuando volviera a pasar, el aire estaría jugando con las guías, mientras abajo lo gobernaba, elegante, el niño del carretel.
Vuelta tres: milla y media más mirando el cielo. El atardecer ventoso y sin no see ums, aupa la madera, el papel y el hilo en un vuelo perfecto. Los niños y su papá corren por el pradito, eufóricos.
Cerca, el señor del tabaco y sus dos perros.
Desato a Susie, cuando empieza a sonar Drexler.

Hermana duda – Desvelo. Por Jorge Drexler. 12 segundos de oscuridad, 2006.

Manhattanhenge

Dos días en Manhattan. Dos días que seguro no aparecen en las guías para turistas. Ni siquiera en esa que se separa en pequeños libros, según el rumbo que lleven los pies. Uno es en mayo, el otro en julio y el eje este-oeste que atraviesa Manhattan, se inclina en un ángulo de 29 grados.
La cuadrícula de las calles, cuando se va el día, se alinea con el sol. Desde todas las calles pares puede verse la puesta, sin que ningún edificio se interponga. Es el momento mágico, que a pesar de tanto cemento y vidrio, se repite esos dos días, cada año.
La gente sigue apurada, indiferente al espectáculo. Hasta que un silbido, de esos que se hacen con los dos dedos en la boca, hace levantar la cabeza. Y ahí está, el esplendor de la naturaleza que regala y regala, sin pedir nada a cambio.
El sol, en colorado, encandila los ojos, que sin embargo persisten en mantener fija la mirada a lo largo de la 42nd St.

Plat du jour

Todos los días hay un momento especial. Es el minuto ese en que todo deja de ser importante; cuando lo único que me pasa por la cabeza es correr. Escapar al parque para hacer unas cinco millas.
Hay gente siempre en el parque. Llego con Susie y justo enfrente del que vende las limonadas la ato al palo de las bicis. Y el tipo me mira como diciendo, «¿quieres una limonada?». No quiero eso, porque es dulce y me mata el ímpetu de la corredera que ya en este punto de la tarde es lo que ocupa toda mi mente.
Arranco. Los ojos empiezan a registrar a los compañeros de cada día. Las orejas con auriculares. El DJ iPod Shuffle es un mago a esta hora. Mezcla en su bandeja de todo para mí. Que si Kelvis Ochoa, que si Salif Keita, que si Sting. Y hasta Handel, que Emil Klein sabe interpretar con el tempo justo.
Primera vuelta y ya me crucé con la señora del pañuelo en la cabeza y su esposo. Él lleva unas mancuernas de dos libras que agita mientras camina, despacio. Un poco más y veo a uno que siempre tiene muy buen paso. Es joven este. Corre lindo y parejo, todo de negro y sudor. Luego, a la altura de la segunda vuelta llega el de los auriculares grandes. En shorts azules. A veces corre, a veces camina.
Por la cuarta vuelta se incorpora la señora con el cochecito. El bebé va muy divertido mientras la madre empuja con ganas, sin perder el ritmo.
Cada vuelta tiene el mismo paisaje: el espacio de los perros grandes, el de los perros chicos, enrejados y hasta con sus mesitas de esparcimiento para los dueños. Siempre hay un señor fumando un tabaco allí. Nunca le ví llevando un perro.
La quinta vuelta, la quinta milla y termina el día. El sol sobre la bahía, pinta con varios colores el cielo. En el puente que recorro se ve mejor el mar, los barcos atracados y el mangle.
Último tramo; suena fuerte, sensual, la voz negra de Al Green.

Francia no es sólo París

Quizás cuando empiezas a ver la película, pienses que el título se refiere a las dimensiones del cuerpo de Gérard Depardieu. Un rato después ya sabes que no, que es una moto la que pone el título. Eso sí, desde que transcurren los primeros fotogramas, casi casi puedes asegurar que no es una película fácil, que es un golpe en el estómago, de esos que sacan el aire.
El dilema de la vejez y el descarte. Un hombre viejo, esclavo de la rutina, alejado de la dinámica de su casa, enojado con la vida, quebrado económicamente, sin apetitos de ningún tipo, es la imagen repetida de muchas personas en muchos lugares de nuestro mundo.
Y de pronto lo que parecía ser un rosario de calamidades y un bajón a lo más profundo del pozo de la depresión, la película se convierte en una road movie. La carretera salva a Serge. A galope de su Munch «Mammuth» y con el pretexto de ir por los papeles de su jubilación, Serge inicia su viaje de vuelta, un viaje en el que recupera su amor por, simplemente, respirar.
Depardieu está y es enorme. Por dos razones, su corpulenta presencia y por su impecable performance. Sin pretensiones, jugándosela en una película chiquita. No quiere ser más, no quiere ser menos. Se adapta, a pesar de su curriculum, a este cuentecito pequeño.
Mi otra estrellita es para la música, que acompaña a veces y otras es un personaje más, rodando con Serge por la campiña francesa.
No descarten Mammuth, de Gustave de Kervern y Benoît Delépine, que a lo mejor hasta les saca una sonrisa. Es sólo una sugerencia.

Mammuth, 2010.

Update: La película con subtítulos en español y muy buena calidad de imagen y sonido, se puede ver aquí.