En un cuento, o mejor, en una suerte de novela corta de Isaac Asimov, el personaje principal rompe la linealidad temporal de su vida. Y en un momento del relato se va por tres caminos distintos. Algo así como llegar a una encrucijada y tomar por todas las opciones a la vez. En la historia de Asimov se produce, un poco después, una convergencia de dos de esas opciones; el hombre se ve morir a sí mismo y queda completamente devastado.
Eso es; cuando uno se ve morir, la desolación y la tristeza lo invade todo. Quizás es la razón por la cual nuestro lifetime es lineal. La naturaleza es sabia y nos preserva del dolor. Quizás a quien insiste en violar esa linealidad, el tormento no le permite dormir y es acosado, sobre todo en la noche, por alguna de sus otras versiones.
Me gusta la linealidad de mi vida. Me gusta tener la capacidad, la posibilidad de elegir por una y sólo una de las diferentes alternativas que la vida pone ante mis ojos. Puedo elegir mal, pero también (de nuevo la asistencia y la sabiduría de la naturaleza) hay manera de corregir si el error es el resultado de una elección. El error que es tan relativo como la verdad, diría Einstein.
Caminar trazando el propio camino, me lleva irremediablemente a Machado: «caminante no hay camino, se hace camino al andar.» Y agregaría además, que el tormento se aleja, sobre todo en la noche, cuando en la elección hay honestidad, transparencia y luz.
Autor: ZoePé
Tiempo de la fotografía
Por Alexis Figueredo
Ávida vuela la palanca
y entra veloz la luz, el tiempo
preciso y justo de la arena
precipitándose a la trampa. Todo
queda igual
-ya para siempre
Los niños y el resol, la viva espuma,
las nubes en sus coros displicentes,
la dicha inmensa del verano
y el simple estar allí
-tal como era
en aquella otra luz
-en aquel tiempo.
De Los días de tu vida, 1977.
Eliseo Diego. La Habana, 1920 – Ciudad de México, 1994.
En otra voz
Recuerdo cuando Bob cantaba esta canción en uno de los primeros CD’s que compré en Buenos Aires, a finales de los noventas. Yo perseguía desde que estaba en la isla que nos parió, lo nuevo y lo viejo de Dylan.
Y como hoy, más vieja, pero no por ello más sabia, me gusta juntar covers, he encontrado este que por Adele y en otro contexto, toma una relevancia notable.
Lo que significan las cosas
Hace cinco días que empezaron a revertirse los símbolos. Otra vez.
Siempre que termina un ciclo, lo que ayer se compartía con todas sus semánticas, queda como estático, mudo, sordo y pálido, porque ya no dice nada. Aún así, yo extraño el valor de los símbolos.
Puedo hacer una larga lista de símbolos. Sí, es una larga lista, a pesar de que fue un ciclo corto. Una lista que escribo, separado cada miembro de ella por guiones, como una catarsis, un exorcismo.
Hoy por la mañana, por ejemplo, caminaba las diez cuadras de cada día, desde que dejo el autobús hasta la oficina. Es un trayecto que hago con placer: ya está fresco en las mañanas y si como sucedió hoy, es una de esas, despejadas y de luz otoñal bien clarita, todos mis sentidos agradecen, mientras los pies se mueven en compás por el barrio de Coghlan. Me bajo en Cramer y voy hasta la esquina de Av. Congreso para «hacer» una izquierda y continuar sobre esa misma avenida rumbo a la vía.
Este barrio está fuera de la simbología compartida pero tiene sus excepciones. La primera: en sentido contrario a mi caminata viene un «fitito» rojo, conducido por una señora. Aquí es cuando extraño una ruda caricia que hacía mi contraparte, en los días luminosos y tristes del verano de Buenos Aires. La segunda: me cruza en la acera un señor que saca a pasear a su mini schnauzer. De nuevo, extraño la alusión a «Lady» y el comentario obligado «cuántas Ladies que hay».
Estos dos hallazgos (linda palabra) hacen lento el paso, nublan los ojos y la cabeza vuela a los recuerdos. Putos recuerdos.
Fin del verano
Va a hacer falta un buen otoño tras un verano tan largo.
Silvio Rodríguez
La nostalgia viene a salvarme, casi siempre. Ayer veía las fotos de hace dos años. Este mismo equinoccio, en 2009, nos encontró a Alberto y a mí, paseando por Segovia. Y yo fui muy feliz en esos días en que el invierno se despedía de Madrid, mientras el verano lo hacía en Buenos Aires, como ahora.
Adiós, dice el estío de este lado del mundo y lo agradezco mucho. Un verano muy largo, para mi gusto. Un verano tramposo.


