Como un susurro

Necesito una historia, una historia para armar un post. ¿Alguien lee por ahí? Hey…, necesito una historia. Porque lo único que tengo es una A y una Z.

I’ve got my eyes on you, so best beware where you roam.
I’ve got my eyes on you, so don’t stray too far from home.
Incidentally, I’ve set my spies on you,
I’m checking all you do, from A to Z.
So, darling, just be wise, keep your eyes on me.

By Cole Porter

La quinta y los mangos

El término mango (según la Wikipedia) puede referirse a:

– Mangifera indica, la planta tropical y su fruto.
– Mango (moda), la firma textil española.
– Mango (aerolínea), aerolínea sudafricana de bajo costo
– Mango (instrumento) o asa, otro nombre por el que se conoce el asidero de algunos utensilios de uso principalmente caseros.
– Mango en la jerga argentina suele referirse al Peso (Argentina), la unidad monetaria.
– Diferentes lugares del mundo:
Mango (Italia), localidad y comuna italiana de la provincia de Cuneo.
Mango (Togo) o Sansanné-Mango, localidad de Togo.
Mango Creek, localidad de Belice.

Creo que en la isla que nos parió hay alguna otra acepción más, que no tengo muy clara. Pero todo esto viene a cuento, porque me iban a llegar unos mangos, como esos de la foto. Y no llegaron. Me quedé como la novia de Pacheco.
¡Buen fin de semana!

Cómo te extraño Clara

Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

Por Jorge Luis Borges. Fundación mítica de Buenos Aires, fragmento.

Ahí donde Serrano cambia de nombre se desayuna muy bien.
La mañana fría del domingo amaneció tempranito a pesar de la trasnoche de sábado.
En lugar de diarios en papel, diarios on line.
Y un café, dos, tres, con tostaditas de pan negro, queso blanco y miel.
Palermo con todos sus trapos de invierno. Un sol mustio, ahora, inunda la acera de hojas amarillas.

Risotto

Me gusta el risotto con carne de hongos; portobellos, shiitakes, champignones, cualquiera, pero que sean bien gorditos. Me gusta cuando los corto y el cuchillo se hunde en la masa haciendo un poquito de resistencia. Comer el risotto es muy rico. Preparar los ingredientes y cocinarlo, es…, hacer magia.
Primero, tener todo cortado en tamaños iguales: la zanahoria, el puerro, los espárragos. Después preparar un buen fondo de verduras o de pollo. Con cualquiera de los dos caldos me gusta. Luego rehogar, es uno de los más altos momentos; los aromas potenciados con un buen aceite de oliva extravirgen, mmmm, se empiezan a movilizar los jugos en el estómago y la boca se te hace agua, no?
Es entonces que llega la vedette del espectáculo: el arroz. Arbóreo, el mejor, de buen almidón y redondete. Y ahí vamos, incorporado a la sazón, rehogado él mismo, esperando ansioso por la avalancha del líquido, salado en lo justo, y a revolver. Revuelve y revuelve, con cuchara de madera, eh? Y dale, y vas viendo cómo se va poniendo untuoso, a medida que el grano se abre. Sigues revolviendo y agregando más caldo, cada vez que te lo pida, mientras no paras de revolver.
Son unos cuantos minutos, hasta que ves cómo la generosidad del arroz te avisa y te obliga a parar. Porque lo mejor del risotto es el arroz. Que es una verdad de perogrullo, sí claro, pero no por eso menos contundente.
¿Sabes qué te sugiero? Pídele, tiernamente a tu pareja, que te prepare un trago en lo que estás revolviendo: es el aperitivo ideal.
La albahaca del jardín francés, como estaba cerca, adornó un poco en la mesa cada plato servido con pimienta recién molida y queso rallado. Sí, ese, el Reggianito de Sancor.
¡Buen provecho!