
Me gusta el risotto con carne de hongos; portobellos, shiitakes, champignones, cualquiera, pero que sean bien gorditos. Me gusta cuando los corto y el cuchillo se hunde en la masa haciendo un poquito de resistencia. Comer el risotto es muy rico. Preparar los ingredientes y cocinarlo, es…, hacer magia.
Primero, tener todo cortado en tamaños iguales: la zanahoria, el puerro, los espárragos. Después preparar un buen fondo de verduras o de pollo. Con cualquiera de los dos caldos me gusta. Luego rehogar, es uno de los más altos momentos; los aromas potenciados con un buen aceite de oliva extravirgen, mmmm, se empiezan a movilizar los jugos en el estómago y la boca se te hace agua, no?
Es entonces que llega la vedette del espectáculo: el arroz. Arbóreo, el mejor, de buen almidón y redondete. Y ahí vamos, incorporado a la sazón, rehogado él mismo, esperando ansioso por la avalancha del líquido, salado en lo justo, y a revolver. Revuelve y revuelve, con cuchara de madera, eh? Y dale, y vas viendo cómo se va poniendo untuoso, a medida que el grano se abre. Sigues revolviendo y agregando más caldo, cada vez que te lo pida, mientras no paras de revolver.
Son unos cuantos minutos, hasta que ves cómo la generosidad del arroz te avisa y te obliga a parar. Porque lo mejor del risotto es el arroz. Que es una verdad de perogrullo, sí claro, pero no por eso menos contundente.
¿Sabes qué te sugiero? Pídele, tiernamente a tu pareja, que te prepare un trago en lo que estás revolviendo: es el aperitivo ideal.
La albahaca del jardín francés, como estaba cerca, adornó un poco en la mesa cada plato servido con pimienta recién molida y queso rallado. Sí, ese, el Reggianito de Sancor.
¡Buen provecho!