En jueves muy triste

Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.

Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma,
la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.

Asistir a los cursos de antropología,
llorando.
Festejar los cumpleaños familiares,
llorando.
Atravesar el África,
llorando.

Llorar como un cacuy,
como un cocodrilo…
si es verdad
que los cacuyes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.

Llorarlo todo,
pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz,
con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo,
por la boca.

Llorar de amor,
de hastío,
de alegría.
Llorar de frac,
de flato, de flacura.
Llorar improvisando,
de memoria.

¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

Oliverio Girondo.
Buenos Aires, 1891 – 1967.

Bolaño

Hace poco menos de dos años conocí a un hombre que me llevó de la mano hasta Roberto Bolaño. Un fragmento de Buba me dejó con ganas de más. Leí, meses después, Los detectives salvajes y detrás Llamadas telefónicas y luego Putas asesinas y más tarde Estrella distante.
De la última entrevista concedida por Bolaño rescato la respuesta a esta pregunta.

– ¿Qué es la patria para usted?

– Lamento darte una respuesta más bien cursi. Mi única patria son mis dos hijos, Lautaro y Alexandra. Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria.

Recordé que debo preparar de una vez mi viaje a Blanes.