…esa instantánea muerte es bella.

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Leí Rayuela para alante y para atrás. Dos veces. No entendía, a mis veinte años, por qué tanta alharaca alrededor de ese libro. A mí me resultaban mucho más atrayentes los cuentos de Cortázar. La síntesis, la fantasía, la capacidad del cuentero en cada historia.
Hoy es el cumpleaños de Cortázar y los periódicos, la red; todo explota de mensajes y recordatorios.
Será que pasaron muchos años de esas primeras lecturas de Rayuela, pero leí este fragmento del Capítulo 7 y me ha llenado el domingo, a su pesar.
Feliz 98 cumpleaños, Don Julio.

Un fotógrafo personal

When you have forever to take pictures, you don’t worry about the little moments. You don’t rush for the camera to get a photo of someone drinking coffee, because you see him drinking coffee every day.

Bob Gruen. John Lennon: The New York Years. 2005.

Imagino una escena así.
John Lennon y su mujer se acaban de levantar. Sus ojos aún conservan esa cortina somnolienta y lagañosa. Sus pelos desordenados rodean las cabezas que todavía no se desperezaron de la cama.
Yoko, con una taza de te verde en la mano, mientras se ojea con detenimiento en el espejo del baño, le dice a John: “Estoy para la foto. Llamemos a Bob.” Él la escucha y asiente, como casi siempre, porque al fin y al cabo son un matrimonio como otro cualquiera. Agarra la escoba y comienza a golpear en el techo; en un preciso lugar del techo del apartamento, una especie de clave morse. En el piso de arriba Bob Gruen escucha el llamado del deber. A los diez minutos suena el timbre en casa de los Lennons y la cámara con permiso, del fotógrafo del rock’n roll, registra y registra. Fotos en primer plano de la pareja, fotos íntimas y muy cercanas a la vida diaria de esas dos personas, tan públicas, tan famosas.
Luego del café y unos waffles, salen los tres a caminar por Manhattan. El cantante, la artista y el fotógrafo, en una habitual rutina, que no es más que una sesión de fotos entre amigos.
Creo entender que John y Yoko aprobaban esa exposición, que era parte de su filosofía abierta y no siempre respaldada por el resto del mundo.
Y después que Diciembre de 1980 pasó, más precisamente, el 8 de ese mes y ese año, todas las fotos de Bob Gruen adquirieron el valor y el peso que sólo la muerte, le da a las cosas cotidianas.
Ayer, tuve en mis manos el libro que recoge el testimonio de muchas de esas mañanas y tardecitas de paseos. Ahora está aquí, sobre la mesa que sostiene la Mac y la copa de Pinot Noir de California. Yo me meto en esas fotos, elijo, degusto, desecho.
Suena la voz de John, quedita, para no despertar la siesta de Sean.

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