Cuando llueve

Está bueno salir, paraguas en mano y caminar despacito, aún cuando hay muchos riesgos.

A saber.
– Los autos que siguen rodando rápido y salpican el agua de los charcos; dudosa agua de pavimento.
– Los que se empeñan en caminar debajo de los aleros, buscando una protección más, pero molestando a los que no la tienen; las puntas de sus sombrillas terminan encajadas en los ojos de los otros.
– Los dedos de los pies se enchumban y resbala la sandalia, obligando a caminar con extremo cuidado; caerse no es buena opción en estos casos.
– Las manos llevan la cámara. Es el mayor riesgo; si se moja no anda más y eso puede ser un gran problema. Por eso la mirada busca un lugar para resguardar el aparatico y ya de paso el cuerpo mismo.

Los bares, de ventanales amplios, con el vidrio a la calle, suelen ser el mejor sitio si uno está lejos de casa.
Pero el fotógrafo no puede quedarse quieto ante el espectáculo maravilloso de la lluvia. Y ahí vuelve a disponer el ojo tras el lente, el dedo listo encima del obturador. Una foto, otra, alguna más.
La lluvia cesa y la ciudad recupera su aspecto de siempre.

Ya en casa, se revela la magia de la fotografía, las capturas hechas a través del vidrio o debajo de los aleros goteantes.
Voilà!
El aroma del sahumerio invade el momento justo en que se descubre cada imagen, antes del segundo obturador: Photoshop, filtros, ajustes, layers, efectos.
Salen las fotos calientes del horno. El fotógrafo mira, distanciado, el resultado de su inconsciente.
El fotógrafo, que trabaja de otra cosa, sonríe, mientras se ve a sí mismo, allí, bajo la lluvia persistente del domingo por la tarde.

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