Óleo sobre tela de la ira

La ira es una emoción y como tal se dispara de forma automática ante determinadas situaciones, en general frente a situaciones que interfieren con nuestros objetivos. Como toda emoción tiene una función, en este caso preparar al cuerpo para el esfuerzo necesario y vencer así el obstáculo que se ha presentado.
El problema con esta emoción puede surgir de dos formas; la conducta violenta puede ser un medio para conseguir determinados objetivos cuando no somos capaces de lograrlos por otros métodos. En este caso nuestra conducta responde a un déficit de habilidades y puede mejorar adquiriéndolas. También, cuando hemos aguantado demasiado y saltamos por algo sin importancia. En realidad reaccionamos a todo lo que nos ha ocurrido previamente. Como nuestra reacción se considera desmesurada, tenderemos a reprimirnos y aguantar más. En consecuencia nuestra siguiente reacción violenta será mayor y seguiremos en ese círculo vicioso. Para salir de él, el camino no es aguantar más, sino poder reaccionar de forma inmediata a los problemas y frustraciones. En cuyo caso, la reacción es más adecuada y comedida porque las razones que nos llevan a reaccionar serán muchas menos.
Otro problema puede surgir cuando nosotros interpretamos que existe un ataque y una dificultad que no es vista de la misma forma por los demás. Este problema suele ocurrir cuando reaccionamos ante las intenciones de los demás en lugar de reaccionar ante los hechos explícitos. El juicio de intenciones es la causa más frecuente que nos puede llevar a tener reacciones violentas desmesuradas y desproporcionadas.
En el análisis de la ira se identifican cinco aspectos principales:
1) Ver que la ira puede ser justa o injusta, innecesaria o adaptativa.
2) Aprender que es siempre válida.
3) Saber si es justa o no.
4) Hacerla adaptativa.
5) Manejo emocional de la pérdida de control.
Entonces, ¿qué hacer?
Aprovechar la ira para reaccionar y dirigir la energía que nos da hacia la consecución de nuestros objetivos o lo que es lo mismo, orientarla hacia acciones productivas.
Se trata de no hacer solamente una descarga emocional que nos quita la razón delante de los demás y nos aleja de nuestros objetivos y además nos deja mal. Hay que dirigir la ira hacia el objetivo que pretendemos.
La terapia de Aceptación y Compromiso, que es la evolución más reciente de la terapia cognitivo conductual, plantea los métodos básicos para poder manejarse con la ira.
Tomar distancia de nuestros pensamientos, sentimientos, sensaciones y emociones de forma que no nos disparen automáticamente las respuestas agresivas. Tomar distancia de nuestro concepto de nosotros mismos, para que sea menos vulnerable a las posibles opiniones de los demás, haciendo realidad el dicho de que “no ofende quien quiere, sino quien puede”. Ser conscientes de nuestros intereses en las diferentes situaciones, porque el comportamiento impulsivo se convierte en una descarga emocional que en realidad no nos interesa. Estar parados siempre en el momento presente, que es desde donde se puede evaluar lo que está ocurriendo y poder así tener conciencia de lo que ocurre en el presente, sin responder a antiguas ofensas o a problemas que puedan ocurrir en el futuro, lo que distorsiona de forma tremenda nuestra capacidad de juicio.

Tomado de la Guía de perfiles sicológicos

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